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Las 3 técnicas para sembrar pistas con disimulo

Las 3 técnicas para sembrar pistas con disimulo

Estarás de acuerdo conmigo. Una novela negra sin pistas memorables es como una ensalada sin aliñar: sosa. Sin embargo, a veces resulta desafiante sembrar pistas cruciales delante de las narices del lector sin que este se percate. Es desafiante porque como escritores nos debemos a la honestidad de mostrar las «cartas». De lo contrario perderíamos lectores. Además, con justicia.

Si, por ejemplo, el detective encuentra un monedero en la escena del crimen, no es ético ocultar esa información si luego esa pista sirve para atrapar al asesino o asesina. Se genera una sorpresa pero que se diluye como un azucarillo porque la trampa sale a relucir y, como escritores, quedamos al descubierto.

El lector está cada vez más preparado en el arte de adivinar lo que sucederá a continuación. Por lo tanto, siguiendo con el ejemplo anterior, si el escritor menciona un monedero, el lector guardará este detalle en la memoria porque intuye que tendrá peso más adelante. ¿Cómo entonces sorprenderle? Te lo explico.

Aquí te ofrezco varias herramientas muy prácticas y que te ayudarán a salir del paso. Eso sí, no abuses de ellas.

1. CREA UNA DISTRACCIÓN

Si es necesario revelar una información crucial mediante un diálogo. O el detective se encuentra una mancha de carmín de labios en el vaso encontrado en la escena del crimen. O el sargento de turno encuentra un collar de perlas en la basura. Procura inmediatamente después crear una situación que provoque que al lector se le olvide lo que acaba de leer.

Por ejemplo, imagina que el detective encuentra un llavero con forma de pelota de golf en el dormitorio de la esposa difunta. Para el autor es de relevancia este hallazgo porque prueba la relación ilícita entre esos dos personajes. En ese momento, el detective recibe un balazo en la rodilla. O alguien de su entorno se desmaya creando un gran revuelo. Así el lector se olvida del collar aunque tú, escritor, informaste con honestidad del hallazgo.

Otro ejemplo más:

Plantar una pista en mitad de una conversación. Imagina que dos personajes hablan y que uno de ellos revela algo significativo sobre la coartada de un testigo. Justo en ese instante, un tercer personaje irrumpe con una necesidad apremiante.

El diálogo cambia de rumbo hacia esa nueva pista, que parece relevante (aunque luego no lo sea). El lector se ve arrastrado por esta nueva y súbita corriente que le causa una cierta amnesia. El escritor respira satisfecho porque obtiene una ventaja de la que luego sacará partido.

2. LA LISTA NUMEROSA

Esta es mi favorita. La usé en una novela que escribí con pseudónimo ambientada en Estados Unidos, «La noche estrellada». En ella, el detective registra el domicilio del villano en busca de una contraseña para acceder a un mapa. La contraseña permanece escondida dentro de un tablet. Y yo deseaba posponer el descubrimiento hasta el final de la escena para darle mayor impacto.

Pues bien, el detective registra el escritorio, abre el cajón y se encuentra con un buen número de objetos, entre ellos la tablet en cuestión. Describo con minuciosidad todo lo que encuentra y planto en el medio la tablet como un artículo más sin valor. Es imposible que el lector recuerde la lista de objetos, por lo que luego puedo construir la tensión y la sorpresa con mayor facilidad.

Existen multitud de variantes. Imagina que un coche sigue al protagonista, que también va en coche. Si describes varios vehículos que van pasando dentro de su campo de visión (el retrovisor), más tarde puedes colocar uno de esos coches estacionado frente a la casa del detective. Este sale por la ventana en vez de por la puerta principal porque ha reconocido el coche.

3. USA LA ACCIÓN

Deja caer una pista en medio de la acción. Cuando digo acción no me refiero a una escena violenta, sino a lo que sucede en el transcurso. Lo explicaré con un ejemplo.

Imagina que el detective acude a un local a interrogar a un sospechoso. Tú, como escritor, necesitas que en esa escena consiga una determinada pista, como una dirección. Puedes optar porque el sospechoso simplemente responda a las preguntas del detective. ¿Fácil, verdad? Pues no.

Sin embargo, si abusas de este modelo, es decir, si el protagonista siempre obtiene pistas útiles de idéntica manera —preguntando a alguien—, el lector se sentirá en un bucle. Sea como sea, al protagonista siempre le ha de costar esfuerzo lograr progresos, y estos han de ser de menor a mayor dificultad. Entonces te propongo una alternativa para este ejemplo.

Imagina que antes o después de interrogar el sospechoso consigue una pista que en ese momento carece de importancia. Por ejemplo, una tarjeta de visita de un club nocturno. Esta tarjeta alguien se la ha entregado en el bar por error. O la ha visto en la mano del sospechoso. O en su cartera. Esta acción se ha de describir de una forma sutil, como si fuera un relleno para que el lector apenes lo recuerde posteriormente.

En realidad, lo que recordará es que en esa escena el detective no logró nada provechoso del sospechoso. Pero no es así. Posteriormente, el detective se fija en la tarjeta de visita y acude al club de nocturno. Allí conseguirá una nueva pista más que le acerque a su objetivo.

 

En conclusión, sembrar pistas con disimulo es todo un arte que requiere práctica. En este artículo te he mostrado las más importantes o las más socorridas (aunque efectivas). Lo mejor es que no se oculta información, sino que se muestra sin tapujos. Si el lector se pregunta de dónde ha salido tal pista, siempre puede volver atrás y leer esa escena para comprobar que se había mencionado, pero no le había prestado la debida atención gracias a la pericia del escritor.

Si has usado alguna de ellas, ¡dispara tu opinión en los comentarios!

 

Empieza a construir la trama por el villano

Empieza a construir la trama por el villano

Sí, te parecerá extraño. A la hora de elaborar un relato detectivesco el primer pensamiento se suele centrar en perfilar al protagonista, ya sea hombre o mujer. Buscamos su arco de transformación, su pasado y su carácter porque sabemos que será el referente de la historia que deseamos contar. Pero te propongo una alternativa.

Empieza a construir el argumento por el villano y te explico el porqué. Si lo piensas dos veces no es del todo descabellado. Seguro que estás de acuerdo conmigo: para que tu novela se alce sobre el resto, el villano debe ser memorable. Capaz de desafiar al protagonista hasta el límite. Mientras que la mayor parte de los maleantes en la vida real son más bien torpes, agresivos o temerarios, descuidar al antagonista en la ficción es un grave delito.

Te explico cómo empezar este enfoque: Las primeras preguntas que el escritor ha de tener en cuenta son: ¿por qué asesina? ¿qué subyace en cada una de sus acciones? ¿venganza, odio, locura, justicia, fama? ¿desea proteger a un familiar a un amigo? Sea como sea, el malo debe ofrecer un matiz que lo convierta especial a ojos del lector. Pero esto no es suficiente. Conviene que sea inteligente y, como es lógico, peligroso. Además, también es importante buscar su punto débil. ¿Cómo se hace? Muy fácil. Sigue leyendo.

LA BIOGRAFÍA

Escribe una biografía o un diario en primera persona con detalles cruciales que ayuden a entender la compleja personalidad del villano. Es probable que solo la punta del iceberg de su vida salga a relucir en la historia. Pero tu obligación como autor es conocer a fondo al personaje. Métete en su cabeza y obsérvalo todo con sus ojos. Lo que sigue también es importante. Un asesino en serie se convierte porque en su pasado ha habido acontecimientos que lo marcaron de por vida. En la infancia sufrieron abusos o abandono. Por eso al llegar la adolescencia se comportan de una manera poco usual para, más tarde en la madurez, empezar una etapa de ensayo y error. Posteriormente comenzará su etapa oficial perpetrando crímenes hasta el límite.

Por supuesto, esto se aplica también a las asesinas en serie. A modo de información te cuento lo que dos prominentes psicólogos forenses descubrieron después de analizar cientos de asesinas. Es sorprendente. Según el ensayo de Kelleher y Kelleher de 1998 se establecen siete categorías: viudas negras (muy metódicas cuyas víctimas son personas allegadas), ángeles de la muerte (enfermeras que matan a sus pacientes), la depredadora sexual (poco frecuente), la vengativa, la que busca ánimo de lucro, la demente y la que busca formar equipo con otra mujer en busca de crímenes brutales.

ELABORANDO AL VILLANO

Una vez que esboces al malo en su magnitud es la hora de encontrar al héroe, que acabará por derribarlo con un titánico esfuerzo. Piensa en dos piezas de puzzle que son diferentes, pero al mismo tiempo compatibles. Se tiende a pensar que el mal está asociado a los grandes asesinos en serie, pero en realidad el mal se esconde en nuestra realidad cotidiana. Es ahí donde un escritor ha de bucear primero para encontrar los cimientos con los que construir al villano. Con una base genuina seremos capaces de comprender sus acciones, por qué hace lo que hace, de lo que se beneficiará nuestro relato. Dicen que el mal revela la ausencia de un rasgo psicológico positivo, pero de cualquier manera nuestro deber es alojarnos en la mente del asesino. Como sugería más arriba, una herramienta interesante es escribir el diario del villano en primera persona. Más que la información en sí de lo que realiza cada día, nos interesa su modo de pensar, las palabras que usa y las que descarta, incluso si realiza dibujos o no, o incluye recortes de periódico o fotografías. Somos como actores intentando llegar a la verdad del personaje. Es probable que mucha de la información se quede sin usar, pero es un paso necesario para que sepamos descubrir que es lo único e interesante.

Lo repetiré una vez más. El mal reside en las cosas que nos rodean. Basta con echar un vistazo a las noticias. Por ejemplo, hace un tiempo leí que Google contrata a personas que se dedican a visionar multitud de horas de contenido escabroso: violaciones, decapitaciones, pornografía infantil… Es tan abrumador el peso de las imágenes que muchos deben recibir tratamiento. ¿No sería curioso un villano cuya maldad naciera de la enorme influencia de su trabajo? ¿Cómo sería el trato normal con su familia y amigos? Estoy convencido de que su mente le causaría descubrir maldad o perversión en su propio entorno, a modo de alucinaciones. Sigamos con otro ejemplo.

Las noticias son un recurso que nunca falla. Mientras escribo este post leo que un joven de veinte años ha sido detenido por lanzar al suelo a su hijo de dos años en un aeropuerto. Como ciudadano estoy indignando, pero como escritor debo preguntarme el por qué de ese gesto tan reprochable. Y, lo más importante, jugar con ello. ¿Le ocurrió algo en el vuelo? ¿De dónde surge esa violencia? Un camino trillado sería pensar que de pequeño lo maltrataban sus padres. ¿Y si lo asocio con la noticia anterior? ¿Y si este joven fuera el empleado de Google que ve alucinaciones? Aquí viene una herramienta poderosa de la ficción, el poder de identificarnos con el villano, pese a lo inmoral de sus acciones. No obstante, con ello conseguimos un personaje con más dimensiones y que resultará más fascinante de descubrir.

LAS DOS CARAS DE LA MONEDA

Una vez que disponemos del pasado del villano, lo idóneo es contraponerlo al héroe de la función. Imagina una inspectora de policía de fuerte carácter. Siempre acostumbrada a que le obedezcan, orgullosa, capaz de anteponer su trabajo a su vida personal. Por primera vez se encuentra con un criminal que al mismo tiempo que la desafía le reconoce rasgos comunes a los dos. El criminal ha cometido un asesinato y amenaza con seguir hasta que se canse. No solo eso, sino que además entra en su casa y le deja los vídeos. Allí descubre que es tan solitaria como él mismo.

Esto es tan solo un ejemplo de por dónde empezar el camino. Ahora es tu turno. ¡Te prometo que el estudio inicial será apasionante!

Si prefieres empezar desde otro punto de vista, estoy abierto al debate. Dispara tu opinión en los comentarios o calla para siempre…

La Escuela nació en un curso de supervivencia en la montaña

La Escuela nació en un curso de supervivencia en la montaña

Hace unos meses me apunté a un curso de supervivencia.

Fue en Ojén, un pueblo en la sierra, cerca de Marbella. Llevaba tiempo con la mira puesta en él, pero la vida se me había interpuesto posponiendo la decisión hasta que un día dije basta. Conseguí juntar unos días en el trabajo y me lancé a la aventura.

Prender fuego, construir cabañas, buscar comida, primeros auxilios, escalada… Todo esto me seducía. Siempre había sido un hombre de ciudad y la montaña me parecía como un ente lejano que veía desde la costa sin acabar de comprender su legado.

De repente, me vi como una mezcla de Rambo y Walden, capaz de vivir una temporada perdido, escribiendo mi siguiente novela, barbudo, maloliente, cocinando mi almuerzo en un cazo abollado al calor de la hoguera.

Además, pensé que recabaría valiosa información por si en un futuro necesito ubicar a algún personaje relacionado con la montaña.

En la noche previa al inicio del curso, conocí a los compañeros de mi promoción.

Enrique, un sevillano dueño de una empresa carretillas y que había participado en la marcha 101 de la Legión; Rafa, un madrileño con mezcla costarricense con una infancia de largas estancias en la montaña junto a la familia. Se gana la vida trabajando para una empresa de alquiler turístico; José Luis, un cacereño espigado, contable y apasionado de la caza; Carlo, un socorrista canario de emergencias y el más joven del grupo.

La primera noche, un infierno

Dormimos en la palapa, que es una construcción robusta y pequeña de madera, con techo de paja, suelo de listones y al aire. A nuestro alrededor, pinos, rocas y arbustos.

Más abajo, la casa donde dormían el dueño y algunos instructores. En caso de emergencia, se había dispuesto un cuarto de aseo cerca del garaje, por lo que nos libramos de abonar el terreno con nuestros residuos orgánicos.

No pude dormir. El saco de dormir y la esterilla eran demasiado finos para mi espalda, que se peleó toda la noche con el duro suelo de madera. Además, los ronquidos de Enrique, José Luis y Carlo no eran precisamente como una dulce nana que invitara al sueño.

Por si esto fuera poco, si movía la cabeza a un lado notaba en mi cara la dura respiración de Rafa, si giraba hacia el otro lado, otro tanto con Carlo.

A la mañana siguiente, conocimos a los últimos compañeros en incorporarse, que habían llegado durante la madrugada desde Madrid. Raquel, empleada de Telefónica, y Gustavo, un hombre pegado a una barba castaña que trabaja para Ikea.

Según ellos mismos se definieron, de la raza de los culos inquietos. Su último viaje había sido a Kenia, donde casi raptan a la chica. Antes de terminar el curso, ya estaban pensando en su siguiente aventura.

 Pepe, el sargento de hierro 

Después de un desayuno a base de tostadas, estábamos listos y con ansia por empezar las clases. La charla inaugural fue a cargo del director del campamento, Pepe, un militar de la Legión de gesto tranquilo aunque mirada severa.

Nos habló de la mentalidad de un superviviente. Recuerdo que nos señaló con el dedo un árbol y nos dijo: «Muchos verán solo un pino, pero para un superviviente es una fuente de recursos. Con las ramas se puede montar una cabaña, con las agujas una yesca para el fuego, y la resina se usa como pomada para las heridas».

Cuando la charla tocó a su fin, nos anunció, sin inmutarse un pelo, que los móviles estaban confiscados y que estaba prohibido ducharse. La idea era crear un «entorno» de supervivencia y que cada uno se ajustara como mejor pudiera. Dedujimos sin mucho esfuerzo que pasaríamos un hambre canina.

Pepe ordenó formar binomios para agilizar las clases. Me junté con José Luis, el cacereño; Rafa con Carlo; Raquel con Gustavo; y Enrique, al ser el más experimentado, flotó como un satélite alrededor de todos.

Empezamos prendiendo fuego usando una especie de arco, una base de madera y una estaca con punta que hacíamos rotar a gran velocidad hasta surgir la brasa. Después se vuelca sobre la yesca y se sopla con mimo para avivar el fuego.

A decir verdad, costó un tremendo esfuerzo. Enrique fue el primero en lograrlo y después José Luis. Presenciar cómo el fuego se abre paso entre tus manos fue un momento mágico.

Otras dos clases muy instructivas fueron las de potabilizar el agua y primeros auxilios. En la segunda practicamos maniobras cardiorrespiratorias con un maniquí, así como la conocida maniobra de Heimlich. Usamos a nuestro binomio correspondiente como conejillo de indias.

A continuación nos inyectamos a nosotros mismos suero en el brazo, lo que fue sorprendentemente indoloro. El colofón se produjo cuando Gustavo se bajó los pantalones, nos enseñó sin pudor el trasero para que Raquel practicara la inyección. Una imagen inolvidable que será imposible de sacar de mi cerebro. Gracias, Gustavo.

Desde el principio, Raquel y Gustavo aportaron al grupo una vitalidad contagiosa.

Su gran ventaja residía en que, al conocerse, no existían filtros entre ellos. Se hablaban con la naturalidad de las parejas, comportándose como lo harían delante de sus amigos.

Su humor se impregnaba del surrealismo y les encantaba sacar punta a los acentos autonómicos de los compañeros, sobre todo al andaluz.

Rafa arrebató el poder a Enrique

Como decía, la intención de Pepe era crear un entorno similar a una posible situación de emergencia. Nos encontrábamos en la montaña, sí, pero dentro de los límites del campamento, por lo que la civilización estaba a un tiro de piedra.

No obstante, nos esforzamos por meternos en el papel, por lo que aceptamos de buen grado que Pepe nombrara como líder a Enrique, aunque su mandato terminó a los pocos días porque Rafa dio un golpe de estado y se apropió del papel.

Como líder Rafa se inclinó por un mandato suave, de diálogo; persuasivo más que apremiante. Su lema era «el líder come el último», y con su aspecto bohemio e inocente, con su hablar pausado y reflexivo, nadie se atrevió a discutir ninguna decisión. A mí me trató como si padeciera una enfermedad terrible y solo él lo supiera.

Precisamente fue él quién más habló de comida hasta la desesperación. Conforme los días fueron pasando, la dieta a base de manzanas y arroz nos supo a poco, y muchas de nuestras conversaciones giraron sobre el menú del último día, donde nos dejarían por fin comer lo que se nos antojase.

Uno de los mejores momentos de cada jornada era, sin duda, la cena preparada en la palapa con fuego de leña bajo el cielo oscuro y estrellado de Ojén.

Carlo, el canario, se hizo con harina de trigo y cocinó pan en una sartén, hecho que para mí fue un descubrimiento. Con una forma de mollete, tostado y de suave textura, el pan solo, sin nada de acompañamiento, se convirtió en una manjar divino.

Su éxito fue tal magnitud que hasta Pepe se apuntó la receta.

El suculento pan de Carlo me trae el recuerdo vívido de aquellas noches alrededor de la mesa de madera, sentados en tocones, al abrigo del silencio de los majestuosos pinos.

Rafa, Carlo, José Luis, Enrique, Raquel y Gustavo, cada uno con nuestro plato de aluminio, charlábamos de esto y aquello, como una familia, cuando en realidad éramos perfectos desconocidos.

Se formó un vínculo especial en aquellas noches porque todos compartíamos la misma inquietud, amor, respeto por la montaña y deseo de aventura.

Por este motivo decidí fundar la Escuela de Novela Negra. Me encantaría formar una comunidad de grandes aficionados al género negro, cada uno con su propia visión, pero recomendando lecturas y compartiendo vivencias.

Crear ese vínculo extraordinario que nos mueva a todos hacia un mismo camino.

Escribir con la vocación de trasladar nuestras lecturas pasadas sobre el papel, con nuestra mirada, con la intención de evocar aquellos inolvidables momentos con un libro entre las manos de Sherlock Holmes, o la Srta. Marple, o incluso Allan Poe.

Manos a la obra.