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La Escuela nació en un curso de supervivencia en la montaña

La Escuela nació en un curso de supervivencia en la montaña

Hace unos meses me apunté a un curso de supervivencia.

Fue en Ojén, un pueblo en la sierra, cerca de Marbella. Llevaba tiempo con la mira puesta en él, pero la vida se me había interpuesto posponiendo la decisión hasta que un día dije basta. Conseguí juntar unos días en el trabajo y me lancé a la aventura.

Prender fuego, construir cabañas, buscar comida, primeros auxilios, escalada… Todo esto me seducía. Siempre había sido un hombre de ciudad y la montaña me parecía como un ente lejano que veía desde la costa sin acabar de comprender su legado.

De repente, me vi como una mezcla de Rambo y Walden, capaz de vivir una temporada perdido, escribiendo mi siguiente novela, barbudo, maloliente, cocinando mi almuerzo en un cazo abollado al calor de la hoguera.

Además, pensé que recabaría valiosa información por si en un futuro necesito ubicar a algún personaje relacionado con la montaña.

En la noche previa al inicio del curso, conocí a los compañeros de mi promoción.

Enrique, un sevillano dueño de una empresa carretillas y que había participado en la marcha 101 de la Legión; Rafa, un madrileño con mezcla costarricense con una infancia de largas estancias en la montaña junto a la familia. Se gana la vida trabajando para una empresa de alquiler turístico; José Luis, un cacereño espigado, contable y apasionado de la caza; Carlo, un socorrista canario de emergencias y el más joven del grupo.

La primera noche, un infierno

Dormimos en la palapa, que es una construcción robusta y pequeña de madera, con techo de paja, suelo de listones y al aire. A nuestro alrededor, pinos, rocas y arbustos.

Más abajo, la casa donde dormían el dueño y algunos instructores. En caso de emergencia, se había dispuesto un cuarto de aseo cerca del garaje, por lo que nos libramos de abonar el terreno con nuestros residuos orgánicos.

No pude dormir. El saco de dormir y la esterilla eran demasiado finos para mi espalda, que se peleó toda la noche con el duro suelo de madera. Además, los ronquidos de Enrique, José Luis y Carlo no eran precisamente como una dulce nana que invitara al sueño.

Por si esto fuera poco, si movía la cabeza a un lado notaba en mi cara la dura respiración de Rafa, si giraba hacia el otro lado, otro tanto con Carlo.

A la mañana siguiente, conocimos a los últimos compañeros en incorporarse, que habían llegado durante la madrugada desde Madrid. Raquel, empleada de Telefónica, y Gustavo, un hombre pegado a una barba castaña que trabaja para Ikea.

Según ellos mismos se definieron, de la raza de los culos inquietos. Su último viaje había sido a Kenia, donde casi raptan a la chica. Antes de terminar el curso, ya estaban pensando en su siguiente aventura.

 Pepe, el sargento de hierro 

Después de un desayuno a base de tostadas, estábamos listos y con ansia por empezar las clases. La charla inaugural fue a cargo del director del campamento, Pepe, un militar de la Legión de gesto tranquilo aunque mirada severa.

Nos habló de la mentalidad de un superviviente. Recuerdo que nos señaló con el dedo un árbol y nos dijo: «Muchos verán solo un pino, pero para un superviviente es una fuente de recursos. Con las ramas se puede montar una cabaña, con las agujas una yesca para el fuego, y la resina se usa como pomada para las heridas».

Cuando la charla tocó a su fin, nos anunció, sin inmutarse un pelo, que los móviles estaban confiscados y que estaba prohibido ducharse. La idea era crear un «entorno» de supervivencia y que cada uno se ajustara como mejor pudiera. Dedujimos sin mucho esfuerzo que pasaríamos un hambre canina.

Pepe ordenó formar binomios para agilizar las clases. Me junté con José Luis, el cacereño; Rafa con Carlo; Raquel con Gustavo; y Enrique, al ser el más experimentado, flotó como un satélite alrededor de todos.

Empezamos prendiendo fuego usando una especie de arco, una base de madera y una estaca con punta que hacíamos rotar a gran velocidad hasta surgir la brasa. Después se vuelca sobre la yesca y se sopla con mimo para avivar el fuego.

A decir verdad, costó un tremendo esfuerzo. Enrique fue el primero en lograrlo y después José Luis. Presenciar cómo el fuego se abre paso entre tus manos fue un momento mágico.

Otras dos clases muy instructivas fueron las de potabilizar el agua y primeros auxilios. En la segunda practicamos maniobras cardiorrespiratorias con un maniquí, así como la conocida maniobra de Heimlich. Usamos a nuestro binomio correspondiente como conejillo de indias.

A continuación nos inyectamos a nosotros mismos suero en el brazo, lo que fue sorprendentemente indoloro. El colofón se produjo cuando Gustavo se bajó los pantalones, nos enseñó sin pudor el trasero para que Raquel practicara la inyección. Una imagen inolvidable que será imposible de sacar de mi cerebro. Gracias, Gustavo.

Desde el principio, Raquel y Gustavo aportaron al grupo una vitalidad contagiosa.

Su gran ventaja residía en que, al conocerse, no existían filtros entre ellos. Se hablaban con la naturalidad de las parejas, comportándose como lo harían delante de sus amigos.

Su humor se impregnaba del surrealismo y les encantaba sacar punta a los acentos autonómicos de los compañeros, sobre todo al andaluz.

Rafa arrebató el poder a Enrique

Como decía, la intención de Pepe era crear un entorno similar a una posible situación de emergencia. Nos encontrábamos en la montaña, sí, pero dentro de los límites del campamento, por lo que la civilización estaba a un tiro de piedra.

No obstante, nos esforzamos por meternos en el papel, por lo que aceptamos de buen grado que Pepe nombrara como líder a Enrique, aunque su mandato terminó a los pocos días porque Rafa dio un golpe de estado y se apropió del papel.

Como líder Rafa se inclinó por un mandato suave, de diálogo; persuasivo más que apremiante. Su lema era «el líder come el último», y con su aspecto bohemio e inocente, con su hablar pausado y reflexivo, nadie se atrevió a discutir ninguna decisión. A mí me trató como si padeciera una enfermedad terrible y solo él lo supiera.

Precisamente fue él quién más habló de comida hasta la desesperación. Conforme los días fueron pasando, la dieta a base de manzanas y arroz nos supo a poco, y muchas de nuestras conversaciones giraron sobre el menú del último día, donde nos dejarían por fin comer lo que se nos antojase.

Uno de los mejores momentos de cada jornada era, sin duda, la cena preparada en la palapa con fuego de leña bajo el cielo oscuro y estrellado de Ojén.

Carlo, el canario, se hizo con harina de trigo y cocinó pan en una sartén, hecho que para mí fue un descubrimiento. Con una forma de mollete, tostado y de suave textura, el pan solo, sin nada de acompañamiento, se convirtió en una manjar divino.

Su éxito fue tal magnitud que hasta Pepe se apuntó la receta.

El suculento pan de Carlo me trae el recuerdo vívido de aquellas noches alrededor de la mesa de madera, sentados en tocones, al abrigo del silencio de los majestuosos pinos.

Rafa, Carlo, José Luis, Enrique, Raquel y Gustavo, cada uno con nuestro plato de aluminio, charlábamos de esto y aquello, como una familia, cuando en realidad éramos perfectos desconocidos.

Se formó un vínculo especial en aquellas noches porque todos compartíamos la misma inquietud, amor, respeto por la montaña y deseo de aventura.

Por este motivo decidí fundar la Escuela de Novela Negra. Me encantaría formar una comunidad de grandes aficionados al género negro, cada uno con su propia visión, pero recomendando lecturas y compartiendo vivencias.

Crear ese vínculo extraordinario que nos mueva a todos hacia un mismo camino.

Escribir con la vocación de trasladar nuestras lecturas pasadas sobre el papel, con nuestra mirada, con la intención de evocar aquellos inolvidables momentos con un libro entre las manos de Sherlock Holmes, o la Srta. Marple, o incluso Allan Poe.

Manos a la obra.